La revista educativa de la provincia de Alicante

¡Me lo pido!

In Número 1, Opinión on 20 diciembre, 2010 at 20:52

Soy padre de una niña de treinta y nueve meses (una compañera de facultad siempre se mete con la manía de los padres de contar por meses), poco más de tres años en definitiva; y durante ese tiempo he ido comprendiendo ese refrán que dice “cuando seas padre comerás huevo”, aunque yo cambiaría el sentido del mismo. Porque  al ser padre, más que comer huevo, lo que uno se come es la cabeza un ídem.

ANDRÉS CABRERA/ Alicante- Sin quererlo, cambia tu perspectiva, tus convicciones y tus preferencias; por cambiar, cambia tu percepción del mundo y hasta tu manera de sentir –os lo juro-.

Sin embargo, otras actitudes permanecen. Las costumbres son muy difíciles de variar. Una de esas costumbres es mi natural animadversión hacia la publicidad, que se traduce en unos dedos hábiles tanto con el mando de la televisión como con el dial de la radio. Aunque en ocasiones, uno no es tan rápido como quisiera.

Cuando mi hija está en casa es bastante común, como cualquier padre que se precie, buscar actividades que compartir con ella. Así, sobre todo los fines de semana, es habitual el triatlón de recortables, construcciones y pinturas; seguido de la visita a los columpios, los cacharritos del centro comercial y el parque de bolas; o la visita a la prima o al primo para compartir la actividad lúdica. Pero no tengo energía ilimitada -como ella-, y cuando se agotan las fuerzas, la televisión y sus canales temáticos de dibujos sin fin son unos extraordinarios aliados.

Normalmente en esos momentos también intento estar con ella, pero no siempre es así y en cuanto te descuidas… la publicidad es implacable; la churumbela sucumbe a los anuncios de aviones que vuelan solos, de figuras que se complementan con todos los accesorios, de “pinypones” que hablan y de muñecas convertidas en princesas acompañadas de todas sus amigas.

¡Me lo pido! Es el comentario tras cada anuncio y es la alarma que activa mi dedo zapeador. Aunque antes le advierto: sólo puedes elegir uno… y ella lo entiende, ese uno es el que en aquel momento aparece en la televisión, y luego el otro y el otro…

La conclusión es que no puedes dejar al niño sólo ante el televisor, pero siendo honestos, esa máxima es difícil de cumplir. Es entonces cuando empiezas a advertir el gran número de irregularidades que muestran los anuncios televisivos de juguetes. Un informe llevado a cabo por la Asociación de Usuarios de la Comunicación destaca algunas de ellas, y un trabajo llevado a cabo por la Doctora en Comunicación Audiovisual, Stella Martínez Rodrigo, nos amplía la perspectiva.

Los trabajos e informes sobre el tema son innumerables. Han llamado mi atención –y tan solo arañando en la superficie-  la publicación sobre infancia, publicidad y consumo que resume las jornadas que se llevaron al respecto en la Universidad Pontificia Comillas de Madrid; y el informe realizado por la Asociación de Usuarios de la Comunicación sobre la publicidad de juguetes en la Navidad de 2009.

En cuanto indagas sobre el tema y te empapas de opiniones expertas te das cuenta de que la legislación, la deontología, y la autorregulación brillan por su ausencia cuando se trata de conseguir captar la atención de los más pequeños de la casa. Y eso si hablamos de España. Resulta dramático –sí, sí, dramático- el capítulo que dedica Naomi Klein en su libro No Logo, en el que realiza un análisis de la publicidad en las escuelas y universidades estadounidenses.

Todos los expertos coinciden en que los niños menores de doce años no son capaces de discernir la ficción publicitaria de la realidad. Nuestros hijos más pequeños necesitan que controlemos su acceso a los impactos publicitarios. Por eso sorprenden noticias como la que anunciaba que el gobierno de Berlusconi quiere incluir publicidad en el mobiliario de los colegios publicos para financiarlos.

Parece claro entonces que esa protección debe darse en casa –también en los centros docentes, aunque parece que esa asignatura los colegios la aprueban- pero además debe complementarse con unas costumbres de consumo sanas y racionales, ya que los “peques” tienen una tendencia innata a la imitación.

No podemos por lo tanto, convertir la época navideña en una orgía de juguetes en la que nuestro hijo se vea abrumado por una montaña de juegos regalados por padres, tíos, abuelos, padrinos y conocidos. Debemos consensuar entre toda la familia el número de juguetes que el niño recibirá  y, además de seguir las recomendaciones del Secretario General de la UCE, Pedro Hernández, y las de  la directora general de Comercio y consumo, Silvia Ordiñaga, aplicar la máxima del sentido común para que nuestros hijos, siguiendo el ejemplo de sus progenitores, adquieras las actitudes que le faciliten ser un consumidor responsable desde su infancia. Como asegura la Doctora María Angustias Roldán, “manejamos la fantasía de que si los niños no tienen lo que quieren, no hacen lo mismo que sus amigos, no van vestidos de la misma manera, les podemos crear un trauma que les dure el resto de su vida. Esto no es cierto, de hecho es muy bueno que los niños no tengan todo lo que quieren o desean, pues así aprenden a tolerar la frustración, algo de lo que muchos niños carecen actualmente. Esto crea uno niños caprichosos, acostumbrados a tener todo lo que desean, que no valoran lo que tienen y con nula predisposición al esfuerzo”. Feliz Navidad.

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