La revista educativa de la provincia de Alicante

Dislexia: un trastorno invisible

In Número 2, Psicología, Reportajes on 3 febrero, 2011 at 23:09


Fotografías y texto de Rafael Ortín

Durante sus primeros años de aprendizaje, Pablo, que ahora tiene ocho años, fue incapaz de adquirir unos conocimientos tan básicos como los días de la semana, las estaciones o los meses del año. Solía confundir unas letras con otras y era frecuente que alterara el orden de estas en las palabras o que escribiera palabras incompletas. Tampoco era capaz de leer con la destreza que se espera de un niño de su edad. Consuelo Gómez acudía al centro escolar a menudo para hablar con los docentes, preocupada por la evolución de su hijo. La respuesta era siempre la misma: “Es un niño que va muy flojito, que se distrae mucho y no cumple con las tareas de clase”. Este era el argumento que esgrimían los docentes y especialistas del centro escolar cuando hablaban del menor, cargando sobre este la responsabilidad de su lentitud para estar al nivel de los demás compañeros de clase. ” Yo me sentía impotente ante esta situación”, nos explica la madre. A partir de ahí, Consuelo decidió trabajar asiduamente con él y fue entonces cuando descubrió que tras muchas horas de dedicación no lograba progresos. Se desesperaba y nada, sin resultados. Hasta que una tarde el pequeño, angustiado, rompió a llorar y balbuceando dijo:  “No aguanto más. No puedo con esto y me siento muy mal”. Con esta confesión, quedaba claro que Pablo era consciente de que no estaba llevando el ritmo que se esperaba de él y el sentimiento de frustración le atosigaba. En la escuela, a Consuelo incluso llegaron a insinuarle que, como madre, estaba sacando las cosas de quicio por sus continuas quejas y consultas.

Sin embargo, no todos los docentes permanecieron indolentes ante la preocupación de la madre. Una llamada de teléfono de la profesora del menor cuando este cursaba 1º de primaria acabó por empujar a Consuelo a la búsqueda de una explicación. Como la madre, la profesora también se esforzaba diariamente por hacer aprender al menor con los mismos ejercicios que sus compañeros sin éxito. Como Consuelo, también tenía la sensación de estar contínuamente topando con un muro infranqueable.

Consuelo tardó en averiguar que su hijo es disléxico, es decir, que padece un trastorno del aprendizaje de origen neurobiológico que se traduce en la dificultad para “la distinción y memorización de letras o grupos de letras, en una falta de orden y ritmo en la colocación y mala estructuración de las frases, afectando tanto a la lectura como a la escritura”, según la definición recogida en la obra Dislexia, disortografía y disgrafía de la psicóloga Rosa María Rivas Torres, de la Cátedra de Tratamiento Psicológico Infantil de la Universidad de Murcia. A esta definición, se le pueden sumar otra serie de síntomas que suelen acompañar a los que sufren este trastorno como la dificultad para retener sucesiones temporales o series como los meses o días de la semana, una escasa memoria a corto plazo y problemas con las relaciones espaciales. Manuela Torres (42), licenciada en Pedagogía y vocal de la junta del Colegio Profesional de Logopedas de la CV, con más de 17 años de experiencia en el tratamiento de la dislexia desde el ámbito privado, cree necesario precisar que este trastorno nada tiene que ver con un problema visual como algunos todavía creen. “El niño es capaz de diferenciar las letras que ve sin problema. Lo que falla es la asociación con la memoria fonológica (la vinculación de los símbolos con los sonidos correspondientes) y la velocidad de procesamiento, que es algo más lenta que en el resto”. Los padres deben informarse convenientemente de los fundamentos de dicho trastorno contactando con logopedas y pedagogos y no fiarse de las soluciones rápidas como, por ejemplo, algunos modelos de gafas cromáticas no avaladas por los expertos que se venden como milagrosas soluciones en internet o en grandes centros comerciales. Aprender a convivir con la dislexia requiere un esfuerzo continuo y un apoyo decidido por parte de los padres, los docentes y las instituciones públicas.

La importancia de una detección precoz

El problema es que, en clases tan masificadas como las actuales, es difícil dar con estos menores disléxicos y muchas veces, cuando se actúa, ya arrastran un importante retraso respecto a sus compañeros. Esto fue lo que le ocurrió a Pablo, en cuyo caso, tardaron casi dos años en tomar las medidas necesarias, lo que supuso un difícil trance para la familia, que veía como su pequeño se apeaba del tren en el que marchaban el resto de los alumnos. A menudo, la dislexia puede confundirse con una actitud distraída, chiquilladas o simple pereza, cuando en realidad se trata de un escollo perfectamente franqueable que, si no se trata a tiempo, puede minar la autoestima del menor conduciéndole a un fracaso escolar y social evitable. “Normalmente se deja pasar tiempo hasta que el problema se hace visible. Es en primaria cuando se hace más evidente un posible caso de dislexia puesto que se empiezan a exigir destrezas lectoescritoras”, reconoce Vicenta Giménez Gomis, Pedagoga terapéutica, con 20 años de experiencia en la enseñanza. Vicenta considera que aunque este sea un trastorno algo difícil de descubrir sería apropiado que, al empezar primaria, se realizaran de manera sistemática una serie de pruebas que pudiesen revelar posibles casos. En su centro, el CEIP Clara Campoamor, ya han tomado la iniciativa. El claustro de profesores al completo se ha implicado en un proyecto avalado por la Consellería d´Educació en el que pretenden incidir, precisamente, en la adquisición de las competencias lectoescritoras para dar una mejor respuesta a las necesidades socioeducativas de los que padezcan dislexia u otros problemas de aprendizaje.

Adaptar para no discriminar

Pero no por el hecho de que el disléxico deba lidiar con este trastorno toda su vida se le debe considerar como una persona menos capaz e inteligente. Los estudios demuestran que no se trata de ningún tipo de discapacidad mental y sí guarda más relación con el modo que tienen estos alumnos de adquirir los conocimientos o, dicho de otro modo, los ejercicios y técnicas docentes que funcionan con la mayoría de las niñas y niños no se muestran eficaces con los disléxicos. Por ello, y según está contemplado en la legislación (L.O.E. art. 121) en las aulas se debería, una vez diagnosticada la dislexia, realizar las correspondientes adaptaciones curriculares con el fin de allanarles el camino. Esto, según la secretaria de la Asociación Valenciana para la Dislexia (AVADIS), María Noguera, no se está produciendo de un modo generalizado. Muchos colegios, tanto públicos como concertados, se muestran reticentes a reconocer este trastorno y a realizar las correspondientes adecuaciones e insisten en evaluar al alumno disléxico como a los demás. Este modo de proceder conduce al menor a un callejón sin salida, pues aunque ponga empeño logra unas calificaciones, en el mejor de los casos, mediocres. Lo que piden a la Generalitat es el desarrollo lo antes posible del art. 71.2 de la L.O.E. en un decreto que permita  solucionar este tipo de problemas para que las niñas y niños disléxicos sean, por fin, visibles para todos.

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