La revista educativa de la provincia de Alicante

“Los casos extremos no representan en absoluto la realidad de la delincuencia juvenil”

In Entrevistas, Número 2, Psicología on 3 febrero, 2011 at 23:58

Entrevista a Ignacio García-Valiño, autor de Educar a la pantera

RAFAEL ORTÍN/ Elche- Ignacio García-Valiño (42), psicólogo y autor zaragozano de diversas novelas, ensayos y relatos, no siempre quiso dedicarse al campo de la educación. Aunque se licenció como psicólogo en la especialidad de clínica y sus pretensiones por aquellos años pasaban por ejercer de psicoterapeuta, probó suerte en unas oposiciones a psicopedagogo y logró una plaza en un equipo de orientación educativa del pirineo aragonés. Reconoce que el trabajo de reeducación con los menores le acabó enganchando y desde entonces no se ha detenido. Ha ejercido como psicopedagogo y orientador en diferentes institutos de Aragón, Andalucía y otras comunidades autónomas, lo que no ha impedido que continuase con su prolífica carrera como escritor. Fue finalista del premio Nadal en 1998 con La caricia del escorpión (ed. Destino) y en 2006 con Querido Caín (ed. Plaza & Janés), novela en la narra la historia de un perverso adolescente criado en el seno de una familia acomodada, quedó finalista del premio Ciudad de Torrevieja.  En 2010 publicó su último libro publicado, Educar a la Pantera (ed.Debate), ahonda en las causas y circunstancias que favorecen y perpetúan la conducta antisocial de los jóvenes aunando perspectivas psicológicas, psiquiátricas, neurocientíficas y socioeducativas. Su aporte supone una profunda e interesante reflexión sobre este tema que tanto preocupa en nuestra sociedad del bienestar.

¿Qué es lo que más le apasiona de su trabajo?

 Como psicólogo educativo, me interesa más el tramo de la infancia que el de la adolescencia, sobre todo entre los 2 y los 12 años, por la plasticidad de la mente infantil y sus posibilidades de reeducación. Me encanta el diagnóstico, evaluar casos difíciles, me apasiona el autismo, los trastornos de conducta, y también las altas capacidades, que son campos muy descuidados en las escuelas y para el que las familias a menudo no tienen respuestas adecuadas. Lo más interesante es la implantación de programas individualizados y el trabajo con familias. También disfruto coordinándome con otros servicios, aprendiendo de otros especialistas. Me gusta el trabajo en red, multidisciplinar. Y lo que más detesto es el papeleo administrativo, las reuniones inútiles en los colegios. Me aburre la mecánica de los protocolos, creada por las administraciones para tenernos controlados, como si fuéramos menores de edad. 

De todos los casos con pequeños y adolescentes que ha afrontado hasta el momento, ¿hay alguno acerca del que guarde especial recuerdo?

 En “Educar a la pantera” doy cuenta de algunos de ellos, porque, aunque no lo quieras, a veces te implicas personalmente en un niño, pones el alma y el corazón. Ahora hay un niño recién operado de un tumor cerebral que ha quedado con secuelas y ataxia cerebelosa. O aquella chica víctima de malos tratos que pudo acabar en un reformatorio y salvamos a tiempo… Y los niños autistas nos conmueven especialmente. De todos guardo recuerdos especiales y a veces cuando pasan los años y les pierdo la pista, hago averiguaciones para saber cómo les va la vida fuera de la escuela.

De su última obra, Educar a la pantera, se desprende que apenas hay menores que no se puedan socializar. Así pues, entiendo que para usted la personalidad no está escrita en los genes...

Depende de lo que entendamos por “escrita”. Los genes juegan un papel importante, nada desdeñable, en la cristalización de un carácter determinado, unas tendencias, una sensibilidad. No obstante, el papel que juega el aprendizaje social y los estilos educativos de la familia me parecen mucho más decisivos y determinantes. La violencia es un fenómeno multicausal, pero quienes afirman que nada es innato y todo es aprendido, incurren en cierta simnplificación. Ya se conocen algunos genes implicados en la aparición de trastornos de la conducta, como el denomidado MAO-A. 

¿Qué circunstancias considera que son el caldo de cultivo para el desarrollo de las actitudes antisociales en los menores?

El sufrimiento físico y psíquico en todas sus formas y variedades, y especialmente el que perpetran figuras de referencia de un niño, como sus padres o miembros de la familia extensa, ya sea por negligencia, maltrato, o porque en casa el niño respira un ambiente intoxicado de tensiones emocionales. También la sobreprotección de los padres, que vuelve a los niños más narcisistas y exigentes, más caprichosos e intolerantes a la frustración. Por citar sólo algunos ejemplos. 

Entendemos que, desde su punto de vista, un enfoque preventivo es lo ideal para frenar el desarrollo de estas conductas tan perjudiciales para los menores que las cometen así como para el resto de la sociedad. ¿Por qué considera tan crucial actuar cuanto antes con estos menores?

 Porque si actuamos cuando se está formando la arquitectura emocional de una mente, antes de los ocho años, y mejor incluso antes de los seis, generamos cambios mucho más significativos y duraderos y el pronóstico de mejoría es mucho mayor. Actuar por primera vez en la adolescencia, cuando un chico o chica están fuera de control de sus padres y ya no sigue la referencia de los adultos es actuar demasiado tarde y con pronósticos inciertos, dependiendo de cómo esté de enquistado el problema y de si tuvo su inicio en la infancia y entonces no se hizo nada. 

Usted propone una solución para atajar de raíz las conductas disociales a la que denomina el “Cortafuegos”. ¿En qué consiste dicha estrategia?

 Es largo de explicar, pero usando el símil de un incendio, un cortafuegos sería crear una línea a modo de barrera en la primera infancia, antes de los seis años, consistente en una sólida educación social y emocional y en reforzar los factores de prevención en familias de riesgo y en entornos desfavorecidos. El cortafuegos parte de la neuroplasticidad del infante. Una de las claves es crear más servicios de apoyo a familias, escuelas de padres, y guarderías donde se enseñe a los padres cómo atender mejor las necesidades de sus hijos y educar el carácter. También apuesto por una mejor coordinación entre Sanidad y Educación, en la línea de un trabajo más coordinado entre el sector clínico y escolar y con presencia de los servicios sociales. 

¿Cree que es viable un proyecto como este en el actual contexto de austeridad?

 Los países más preparados para afrontar las crisis económicas y superarlas pronto son los que invierten más en educación y en investigación y ciencia, que es justamente lo que han recortado en España. Hay que invertir más en formar personalidades equilibradas y responsables, para una sociedad más avanzada, menos sexista, cerrada y materialista.
 

¿Se tiene lo suficientemente en cuenta la prevención de este problema desde las administraciones autonómicas y desde el Gobierno central?

 Es evidente que no. El defensor del pueblo y del menor, así como los defensores del menor de las distintas comunidades autónomas están protestando en los distintos parlamentos y pidiendo más medios e inversión. También se quejan los responsables de los ámbitos de juventud, familia y servicios sociales de los gobiernos autonómicos. España está sumida en el subdesarrollo social, a pesar de tantos años de socialismo. Y eso está teniendo un alto coste, con la actual problemática juvenil que vivimos.

En su obra se muestra muy crítico con la que denomina “pedagogía de salón”. ¿Cree que hace falta menos retórica y más acciones concretas y coordinadas para ayudar a estos menores con problemas de adaptación?

 En efecto, la cháchara pedagógica es insufrible en este país, como ya han denunciado autores tan lúcidos como Muñoz Molina y Fernando Savater. Cada nueva ley educativa que se superpone a la anterior como un palimpsesto inventa nuevos términos malsonantes para conceptos que conocemos desde siempre. Necesitamos menos palabrería y más sentido común, y sobre todo más acción, más espíritu crítico, más capacidad de maniobra, más medios personales, equipos más completos y colegios menos masificados. Considere, por ejemplo, cómo vamos a poder trabajar en prevención infantil con aulas de veinticinco niños y una sola maestra para todos.

Ya hemos hablado de lo que compete a las administraciones, ¿pero qué parte de responsabilidad corresponde a los padres?

Los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos, los primeros agentes de socialización y los principales culpables de este caos que se está produciendo, sobre todo en la adolescencia. Muchos padres olvidan o quieren olvidar cuál es su función, o simplemente están demasiado preocupados por sus propios problemas y no ven lo que sucede con sus hijos, ni siquiera juegan con ellos, especialmente los padres varones. Cuando esto ocurre, con demasiada frecuencia, es una pena para ellos, porque se pierden lo mejor.

Últimamente abundan en los medios noticias de actos atroces cuyos autores son menores de edad como es el caso de las chicas que asesinaron a Cristina Martín o el del Rafita, que usted menciona en su obra. ¿Piensa que la alarma suscitada por los medios de comunicación se corresponde con la realidad social?

Lo que afirmo en mi libro, entre otras cosas, es que nos alimentamos de caos puntuales, sensacionalistas y excepcionales, por el morbo informativo, y que estos casos extremos no representan en absoluto la realidad de la delincuencia juvenil. A veces los medios de comunicación demonizan a los adolescentes problemáticos y funcionan como “fábricas de miedo”. Necesitamos enfocar el fenómeno en su globalidad, comprender mejor las estadísticas, y a menudo los medios pecan de parcialidad y simplificación. Por suerte, hay organismos más rigurosos que también informan, como el Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia, por ejemplo, pero tienen menos cobertura.

Cuando las políticas educativas, los mecanismos de protección y la reeducación fallan ¿cuál es el resultado para el menor con este tipo de problemas?

El resultado es que quien ha sido víctima de un entorno desfavorecido en su infancia se convierte en una víctima del maltrato institucional, de la desidia de los agentes de socialización. Entonces, llegados a cierta edad, estos chicos pasan a estar  fuera de control, sin perspectivas de futuro, sin capacidad de adaptarse a entornos sociales, ni responder de sus actos, ni controlar sus pulsiones, con lo que se convierten en una amenaza para la sociedad y en una fuente de problemas y a menudo en delincuentes patológicos.

A su juicio, qué convendría más, ¿tratar a estos menores con problemas de conducta en la escuela o en centros especializados? ¿Qué tendría que cambiar en la escuela para poder adaptarla a las necesidades de estos niños problemáticos?

El primer entorno de abordaje es la escuela, pero tenemos que estar preparados para asumir que hay muchos casos clínicos para los que la escuela no tiene respuesta, como son los que padecen un trastorno negativista desafiantes o un trastorno disocial. Y si queremos que quienes padecen estas lacras no queden excluidos de la escuela y de la sociedad tenemos que darles una respuesta clínica, ya sea en la escuela o en unidades especializadas donde se combine un enfoque clínico y educativo y el formato sea más semejante a un taller que a un aula de una clase. Contamos con algunas experiencias interesantes en España, pero por desgracia son muy escasas.

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